Con pocos días de diferencia han fallecido recientemente dos personas a las que me atrevo a llamar "gigantes" de la vida; seres que, desde su anonimato y la fortaleza de su alma enorme, han dejado una profunda huella en este -nuestro mundo- tan falto de coraje, de bondad y de grandeza espiritual.

Carlos Cristos. Así se llamaba este joven médico de familia mallorquí (aunque nacido en Galicia) que, a sus 47 años descubrió que era presa de una rara y mortal enfermedad: la atrofia sistémica múltiple o AMS. Desde ese momento su vida se convirtió en una "cuenta atrás" hacia la muerte. Pero ello no le quitó de sus labios la sonrisa ni mermó sus ganas de vivir y de "apurar" la vida hasta el último instante. Su gran amigo, el director de cine Antony Canet, rodó con él la película documental "las alas de la vida", que recorre durante tres años (de 2003 a 2006) su vida cotidiana, sus miedos y dudas, pero también su enorme vitalidad, su coherencia, su amor inagotable a los demás, a sus pacientes, a su familia y amigos... reivindicando el derecho a morir con dignidad (con la misma con la que él vivió). Murió de forma silenciosa, como lo fue su vida, el pasado 26 de abril, una semana después de que La 2 emitiera en su espacio "Versión española" el documental protagonizado por Carlos y que se ha convertido en un auténtido "testamento vital".

Irena Sendler, una mujer polaca que salvó a 2500 niños judíos de la muerte sacándolos del gueto de Varsovia en los años más oscuros de la persecución nazi en su país. Para ello arriesgó su vida, ideó variadas formas de hacerlo, comprometió a personas a su alrededor y acabó sufriendo la detención y brutal tortura, sin denunciar a nadie ni confesar el paradero de los niños. Condenada a muerte, la esquivó gracias al soborno de sus amigos del soldado que la conducía al pelotón de fusilamiento. Oficialmente muerta, vivió toda su vida a partir de entonces en el anonimato y el silencio hasta que recientemente, fue descubierta su identidad y su vida. Miles de flores y cartas han llegado hasta la residencia donde acabó sus días en una silla de ruedas, de los niños que salvó, de sus hijos, y de los hijos de sus hijos, agradeciéndole su entrega y el haberles salvado la vida. Su frágil cuerpo abandonó este mundo el 13 de mayo, pero su enorme alma queda entre nosotros como testimonio de amor, de valor y de lucha por la dignidad.
Estoy profundamente impresionado y agradecido por haber conocido la vida de estos dos "gigantes" de la historia. Sus vidas son un canto a la esperanza y a la belleza interior de los seres humanos, de las que tan necesitados estamos. Gracias Carlos; gracias Irena.